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lunes, diciembre 09, 2013

Mont Temblant - Canada

Mont Temblant 

Este era el día en que a las cuatro de la tarde salimos del hotel de Montreal con destino al aeropuerto para volver a España, aun así teníamos el deseo de poder visitar Mont Temblant, dado que me habían hablado muy bien del lugar, así que apurando salimos preparadas (en el canal del tiempo daban nieve) salimos hacia allí. A medida que nos acercábamos y empiezan a desaparecer los valles y surgir las montañas se empezó a ver algo de nieve, cuando paramos en la gasolinera el lugar estaba cubierto de nieve, el suelo, los tejados de las casas, los coches aparcados, así que nos desilusionó un poco que al llegar a Mont Temblant no hubiera nada de nieve. Aun así el pueblecito que está en cuesta está al lado de un lago y es muy bonito, todas las casitas bien cuidadas y cada una de colores pastel. Como era domingo había muchas familias con niños. El teleférico estaba cerrado pero no importaba dado que era la excusa perfecta para hacer un poco de senderismo y subir y caminar por los recorrido de treking que tienen en la zona junto a la pistas de esquí. Dejando atrás el pueblo empezamos a subir siguiendo a la gente y los niños hasta llegar a las cascadas, no impresionantes como las vistas hasta ahora pero muy bonitas porque conservaban entre los arboles el hielo y la nieve que había caído días anteriores. En el camino había banquitos de madera para contemplar la cascada, que en primavera o verano debe ser muy relajante sentar en el sol a disfrutar del ruido del agua caer y los olores de la montaña. El caso es que con el frio que hacia (en mis cinco mangas llevaba dos polares, uno de 200 y otro de 400) no apetecía sentarse en la madera. Dejando atrás la cascada y el riachuelo llegamos a una encrucijada de caminos, una dirección ponía la Grand brule y otra nos llevaba hasta la zona del teleférico. Salimos hacia el teleférico donde había una pequeña pero abundante concentración de nieve, así que ya sabéis, ver nieve y ya las tengo jugando como críos a tirarse bolas de nieve. Pero lo bueno de esta zona no solo era la nieve sino la vista espectacular desde arriba, con el lago inmenso, las grandes islas verdes en el medio (no llegamos a ver el lago desde el suelo porque se nos fue le tiempo entre unas cosas y otras) y el pueblecito a los pies de la montaña y junto al lado, todas las casitas de colores resaltando sobre el azul y verde del lugar. Una vista espectacular, y casi mejor que desde el teleférico pues aquí no teníamos limitación en la visibilidad, ni reflejos de cristal, ni nada. Tras un rato por ahí volvimos la encrucijada y tomamos el camino hacia la gran brule, pasamos riachuelos y puentes de madera y rocas al más estilo belén navideño (cosa que acompañaba los pinos y la nieve espolvoreada que quedaba sobre ellos y el suelo). Seguimos disfrutando del camino y del paisaje hasta que nos entró la duda de si seguir y volver tras nuestros pasos, la Grand brule no sabíamos lo que era y si bien había carteles en ninguno te avisaba de cuantos kilómetros quedaban para llegar a destino, y como tampoco había mucha gente paseando por esa zona (a las familias con niños las perdimos en la zona de nieve) y los que había iban todos preparados para un señor treking con sus batones y botas de montaña, además de la nieve había quedado barro en varias zonas y la cosa se iba presentando difícil, de forma que la cuestión estaba en que no hacíamos noche ahí para seguir disfrutando de la ruta sino que a las cuatro teníamos que estar sanas y salvas en Montreal por lo que volvimos atrás siguiendo nuestros pasos, para la bajada tomamos otro camino en la zona de la cascada que sigue el recorrido del río y que crea un paisaje otoñal idílico. Luego nos recorrimos el pueblo solo parando para comer, por ejemplo, s e me apeteció un helado (si, con el frio que hacía, mis dos polares y cinco mangas voy yo y me apetece un helado, pero lo dije en voz alta y lo que se le apetece a una se le apetece al resto así que en cuanto encontramos una heladería nos compramos unos helados, que ricos, aunque tras ello tuvimos que entrar en calor comprándonos algo con más calorías, la cola de castor. La cola de castor es un dulce típico de ahí que consiste en la masa de los churros aplanada y cubierta con lo que quieras, nosotros que solo de churros con chocolate pedimos una cola de castor de chocolate, y tuvimos nuestra cola de chocolate cubierta de azúcar glas. El sabor era como los churros untados en chocolate, la pena es que al estar la masa aplanada se comía fatal, pero calorías tenia suficientes para que perdiéramos el frio. Aunque en los baños públicos de los que ya os hablé también hacia calorcito. Tras la cola de castor aun me compre una bolsa de algodón de azúcar mientras mis amigas veían el helado de jarabe de arce, y es que había una tienda con un cubo de madera con nieve por encima y un cartel de no tocar, y al preguntar nos dijeron que ahí ponían un palo de madera y echaban jarabe de arce desde una jarra y con el palo ibas recogiendo el jarabe sobre la nieve convirtiéndolo así en un helado de jarabe de arce. Vimos a una familia con niños hacerlo pero el sabor del jarabe de arce n me convencía, por muy dulce que fuera, así que opte por mi algodón de azúcar (era el tercero o cuarto que compraba en Canadá, donde es fácil encontrarlo). Tras entrar un rato a una cafetería decidimos volver a Montreal, fue una pena no tener más tiempo para disfrutar de la montaña, el guía nos comentó que hay veces en que pasan la noche ahí y se puede hacer senderismo y ver a los renos, pero nosotras no teníamos tiempo. Llegamos a Montreal justo para salir al aeropuerto. La experiencia del vuelo de regreso ya la relate en Transfer en Londres-Heathrow y es que merece un apartado aparte.

Visita: Noviembre 2013

Mis imágenes: Canadá Este en Noviembre de 2013

Información para viajar: Pendiente

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