Glaciar Kiagtuut - Groenlandia

Glaciar Kiagtuut
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Nos levantamos como todos los días, lo que no es precisamente tarde, y desayunamos, recogemos el campamento y lo dejamos todo preparado para la vuelta del treking. Durante la noche los mosquitos se han ensañado conmigo. A todos los han picado los mosquitos, incluso a través de la ropa, dado que son diferentes a los mosquitos de otro lugares (ni sprays, ni pulseras, ni nada funciona). Pero conmigo la han tomado en la frente, que la tengo llena de bultos, y que durante momentos del día llego a sentir como entumecida y no noto cuando intento fruncir la frente. Además, como hace sol, los mosquitos siguen igual de pesado que el día anterior, por lo que tenemos que seguir llevando las mosquiteras para no tragárnoslos. Y eso da más calor a mi frente, lo que no ayuda con mis picotazos. Dejando eso a un lado el día de hoy acabará siendo un día perfecto donde disfrutaremos de otro glaciar de una forma diferente. Comenzamos la subida para llegar hasta el glaciar, sabemos que antes que nosotros ha comenzado el camino un holandés que, por la forma en que llevaba la mosquitera ha acabado apodado “el colmenero”, que iba en dirección contraria al glaciar y que, mientras deshacíamos el campamento, nos ha preguntado cómo llegar al mismo. La subida es cercana a la caída de agua de la cascada, en algunos lugares hay cuerdas para agarrarse en la bajada, es un desnivel de unos 300 metros (según la guía) y aunque en el itinerario pone que es una subida pina que durará unos 45 minutos, la hacemos en 30 minutos, lo que dada mi lentitud es algo. Cabe decir que siempre soy la última del grupo, pero cuando más se notará mi estorbo será a la vuelta. Una vez arriba tenemos una espectacular vista del valle de las Mil flores. Seguimos el camino subiendo y bajando a través de una senda, junto a montículos, lagos cristalinos y flores blancas. Desde lo alto de uno de los montículos por fin se ve el glaciar, el Kiagtuut se extiende como una marea blanca y parece, desde lejos, una manta que cubriría un valle. Aquí nos encontramos al “colmenero” que vuelve, suponemos, del glaciar. Aun así el glaciar todavía está lejos y hay que seguir bajando y subiendo hasta que por fin lo tenemos delante de nosotros y vemos sus formas caprichosas, sus rugosidades recuerdan a las montañas de los mapas y cuando nos acercamos su tacto es también rugoso, para nada liso y pulido como el hielo de los icebergs. Nos vamos acercando siguiendo los pasos del guía, Miguel, que está buscando alguna cueva para que podamos disfrutar de ello. Cuanto más nos acercamos más pequeños nos convertimos al lado de la inmensa mole de hielo que es el glaciar. Miguel nos explica que donde estamos mirando tierra cubierta por el hielo antes era una bahía y que aquí se ve muy fácilmente como el hielo cada vez se deshace y se mueve más rápido. En Groenlandia cualquiera puede ver los efectos del cambio climático sobre el planeta. Miguel encuentra una preciosa gruta donde el hielo de dentro del glaciar deja el color blanco con tonos negros de tierra y se convierte en azul eléctrico con formas ondulantes, un lateral de la gruta del glaciar tiene unas graciosas formas dibujadas, de forma natural esa pared ha creado olas de blanco y azul. No me canso de ver la forma de las olas del mar, con sus ondulaciones y su espuma. En realidad solo es el color del hielo que ha ido tomando esa forma, pero resulta como un cuadro pintado por el hombre en vez de por la naturaleza. Aquí nos acercamos, tocamos el glaciar con nuestras manos. Nos liberamos de las mosquiteras, dado que con el frío aquí hay menos mosquitos (digo menos porque alguno vi volando por ahí, estos mosquitos son grandes y resistentes), y recorremos la gruta varias veces con nuestros ojos, deteniéndonos en cada detalle. No entramos porque es peligroso y puede derrumbarse sobre nosotros. Seguimos andando y Miguel busca un lugar para entrar al glaciar y caminar sobre él. No solo vamos a verlo y tocarlo, también vamos a caminar lo que s epoda sobre la superficie del glaciar. Subimos y caminamos sobre el hielo, como es rugoso es fácil caminar pero siguiendo siempre a Miguel porque puede haber más grutas como las que hemos visto y que el hielo se derrumbe bajo nuestros pies. Caminamos un poco, adentrándonos en el glaciar, vemos un par de remolinos de agua, son agujeros en el hielo del glaciar donde podemos escuchar cómo se mueve el agua en su interior. Mis compañeros encuentran algunos restos del avión pero al final no se llevan nada de recuerdo, aunque han ido recolectando cosas por todo el camino. Resulta que durante la guerra un avión norteamericano cayó sobre el glaciar, los estadounidenses intentaron recuperarlo pero fue imposible y el glaciar ha ido deshaciendo el avión y con su deshielo va soltando trozos del mismo. Ricardo, el otro guía, se encontró una vez un zippo de aquella época, seguramente de uno de los pilotos del avión. Cuando estamos sobre el glaciar empieza a caer gotas de lluvia así que Miguel nos mete prisa y salimos corriendo del glaciar, si comienza a llover andar por el hielo se vuelve complicado. Una vez fuera del glaciar caminamos de regreso para evitar que nos alcance la lluvia, pero para de llover y nosotros paramos para comer en frente de glaciar, lo que no se puede hacer todos los días. Una vez terminamos tomamos el mismo camino de ida para volver cuando bajamos todavía es pronto y no ha comenzado a llover, en contra de las previsiones meteorológicas. Como comenté más arriba a la salida del valle de las Mil Flores se me acabaron las fuerzas y casi no pude subir el dichoso collado, mientras subía me consolaba saber que una vez arriba solo quedaba camino, ninguna subida más, y eso lo podía resistir sin problemas siempre y cuando me alimentara un poquito, que ya tenía hambre.
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Visita: Julio 2012
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Mis imagenes: aqui
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Información para viajar: El Sur de Groenlancia
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Itinerario: Itinerario Groenlandia

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